Salitre y derivados

Tumbado en el sofá, boca arriba. Tengo la mente vacía. Son las cuatro de la mañana de un fin de semana sin sentido para mí. En un momento de debilidad he mirado al pasado. Sé que no debía. Pero los polos opuestos se atraen y yo estoy lleno de dolor. Llevo semana y media sin cambiarme de calcetines. He conseguido un tono oscuro que no quiero que pierdan.
Naufragué hace tiempo. Siempre pensé que sería algo pasajero. Fui acostumbrando al cuerpo a esa situación límite. Con el tiempo he olvidado que estaba a la deriva, he olvidado como suenan las pisadas en tierra firme. Ayer llegó a mi balsa una rama de un árbol, con dos hojas mustias. No era gran cosa. Intenté llorar, pero estaba seco. Ni escribir.

No sé, nunca he sabido y nunca sabré. La balsa no tiene timón, ¿entiendes? No me culpes a mí, maldita sea. No está en mis manos cambiar la elección del mar. Mójate. No me importa que el agua esté fría. Me da igual que te guste más dormir bajo techo. Si quieres entenderme tienes que estar a mi lado. Si no lo haces te aconsejo que ni pienses en mi, porque cometerás equivocaciones una y otra vez y será el mayor error de tu vida. Y te lamentarás por ello cuando pasados -que sé yo- ¿diez? ¿veinte años?, una insignificante vida, me pidas explicaciones. Me reiré con compasión. ¿Por qué? Pues porque aprendí mucho en aquella balsa. Y cuando regresé a tierra pude llorar a gusto. Cada lágrima en recuerdo a todos los malos tiempos que había querido borrar y que en realidad me encantaban. Y al mirar a alguien a los ojos veía todas las desventuras que había vivido. Y al bajar la vista me encontraba con aquella tristeza propia de mi. Y me vanagloriaba en silencio por todo lo vivido.